ASTILLA BAJO LA PIEL
Publicado por Héctor Fabio Villalba
ASTILLA BAJO LA PIEL
Juan Benavente
Arturo sabía que llegaría a esa hora, por lo tanto se fue a la agencia. El día anterior muy preocupado y con el fin de evitar una segura desgracia, se dedicó exclusivamente a prepararse sobre lo que podría decirle para calmarlo. Bien sabía su reacción ante ásperos motivos; claro, si todo el tiempo estuvo metido en esto del ejército, luego como ayudante de estibador donde por lo general se aprende el lenguaje de la prepotencia. La vida lo había formado rudamente y su reacción tenía que ver con todo lo que aprendió.
__ Y ahora qué le digo… cómo le digo. Casi nada me ha valido prepararme ayer… cada vez que se acerca la hora me pongo más nervioso y se me olvida todo lo que debo decirle __ Murmuraba mientras miraba una y otra vez su reloj.
Transcurrió más de una hora de lo programado, cuando anunciaron la llegada del ómnibus procedente de Huancavelica. Entonces familiares y amigos que esperaban a los suyos se arremolinaron en el enrejado para ver mejor y pasarles la voz.
__ ¡Hey! ¡Emilio! ¡Aquí estoy…! __ Gritó una y otra vez. Al fin, en medio de la ensordecedora tarde, tuvo que acercarse más a la salida y recién Emilio, pudo percatarse que Arturo agitaba los brazos a la vez que aceleraba el paso.
__¡Hola hermanito! ¡Qué tal! ¿Cómo estás…?
__ Bien y ¿tú? Cómo te fue por allá.
Abrazados caminaron hablando entusiasmados; ya no estaba en el núcleo del bullicio, ahora más tranquilos cruzaban un otoñal parque. Emilio se dio cuenta que Arturo fue paulatinamente disminuyendo el paso a lo que de inmediato inquirió.
__ ¿Qué pasa Arturo? Algo me quieres decir…
No cesaba de mirarlo y por momentos, Arturo titubeó y esto hizo que creciera más la incertidumbre. Sus ojos de deletérea mirada exasperaba su débil figura, delatándolo.
__ Escucha Emilio, pero por favor debes tranquilizarte…
__Cómo me voy a tranquilizar, si no me dices nada y noto en tu rostro que hay una desgracia ¡Mi madre!
__No… no, mira, sé que te has estado sacrificando por tu familia, tu madre, tus hermanos en fin, inclusive te has internado en el monte con ese propósito.
Emilio, con el ceño fruncido, su rostro fiero de tez ligeramente oscura le escuchaba atentamente, buscando saber más.
__Todo iba bien. Yo, tú sabes, como amigo tuyo he estado velando por tu familia hasta donde he podido.
__Te agradezco. ¡Qué más!
__María, tu hermana María… se enamoró y “metió la pata” y lo peor de todo, se ha metido con un desgraciado que no trabaja… no vale la pena y es un sinvergüenza, un “fumón”.
__¡Qué! ¿María preñada?
__Ayer jueves, justo dio a luz… es varón.
__¡No! Carajo. Ya se jodió. ¡Dónde está!
__Aún está en el hospital.
__¡Yo la mato! Yo la mato a esa cojuda. ¡Ahora me va a conocer¡
__¡Emilio! ¡Emilio! ¡Em…!
A grandes zancos caminaba furioso, mientras apresurado Arturo recogía el maletín que Emilio dejó caer.
No cesaba de llamarlo… y detrás de él acelerando el paso le siguió, su voz se perdía como consecuencia de la distancia que cada vez los separaba.
Finalmente al voltear a la esquina pudo ver que Emilio entraba presuroso al hospital por la puerta de emergencia. Mientras tanto en el hall, Arturo vivía un dilema de entrar o no y sobre todo, no sentía coraje como para enfrentarse a ella, luego de constatar el hecho de no poder controlarlo. Y cuando se decidió ingresar, vio salir a Emilio, atónitamente diferente, de inmediato pudo notar en sus brillosos ojos una rotunda alegría… Arturo, extrañado se dejó dar un fuerte abrazo mientras salían del nosocomio.
Emilio apretando los puños como cuando un jugador celebra un gol, no cesaba de repetir alborozado y delirante a la vez que trataba de ubicar un bar para rubricar su felicidad.
__¡Hermano, es blanquito! ¡Ojos claritos! ¡Blanquito…!
Juan Benavente / Lima, 1987
miércoles, 20 de mayo de 2009
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